domingo, 27 de septiembre de 2009

Soledad

Duermo solo en mi cuarto. Igual que papá. Igual que mamá.


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jueves, 17 de septiembre de 2009

Coche bomba

Anoche me bajé del micro en la cuarenta de la Arequipa
y caminaba tranquilo, bien happy de la vida, rumbo a mi casa.
(Ahora que recuerdo bien, tenía preocupación en el pecho
a la altura del brazo izquierdo).
De repente, cruzando Petit Thouars,
desde una calle que desconocía,
sentí el calor intenso del dolor inevitable:
un carro ardía en llamas
y los brazos de un pobre niño
(pobre,
tenía una bolsa con chocolates
y cicatrices en las manos)
giraban ante mis ojos.
Las luces de las ambulancias empezaron a correr
una tras otra por la Vía Expresa.
Yo, cobarde, corría desesperadamente para llegar a mi casa
cuando de pronto, a media cuadra de otra calle desconocida,
¡bum!, otra explosión
y un hombre con camisa blanca se partía a la mitad,
otra vez ante mis ojos.
Con mucho más miedo, desvié mi camino,
creyendo que así me alejaría de aquel peligro.
Llegué finalmente a la Vía Expresa
para darme cuenta de dos cosas
en las que no había pensado:
la primera era que, al desviarme del camino,
no tenía ningún puente a la mano
para poder llegar al otro lado del río;
la segunda era que, volteara por donde volteara,
interminables carros ardían
como si al infierno se le hubiera ocurrido subir
a ver qué se trae de nuevo el mundo.
Camino cautelosamente,
y desconfiando de todos los carros estacionados,
las cuadras que me faltan para llegar al puente
que me lleva de frente a mi casa.
Lo consigo. Lo cruzo. Llego a mi puerta. Entro.
Encuentro a mi papá, tranquilo,
como si con él no fuera la cosa o la ciudad.
Después de todo, a él nunca le gustó Lima.
Cuando, oh sorpresa, me suelta la peor de las noticias:
mi mamá ha salido, ¿algún recado?
Mi papá se va acostar.
Yo voy a mi cuarto,
que se ha convertido en el centro de operaciones
de no sé qué movimiento al que no sé cómo pertenezco.
Las computadoras rastrean: el enemigo está cerca.
Obvio, microbio: la Vía Expresa, la Arequipa, Angamos,
toda la maldita ciudad está ardiendo
por culpa de esa invasión de coches bomba.
Y yo, angustiado frente a una computadora
que ni los monstruos de IDAT podrían imaginarse,
solo espero que mi enamorada esté segura en su casa
(por una extraña razón, no puedo comunicarme con ella)
y que mi mamá entre en cualquier momento
por la puerta de la casa
y me diga lo que hace rato que ya sé,
que todo esto es un maldito sueño,
que no hay nada de malo en soñar con coches bomba
pero que igual, por si acaso,
le cuentas a alguien de confianza mañana,
a ver qué te dice, y que ya me vaya a dormir
que ya es muy tarde para andar despierto a mi edad.



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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Archivo: testimonio perdido

He quedado tercero en los Juegos Florales Universitarios de la Universidad Ricardo Palma con este cuento. La primera versión es de 2005 y era parte de "Memorial", aquel desafío que mi amigo Miguel Flores-Montúfar llevó a cabo en el auditorio de nuestro colegio y que fue mi debut como guionista y actor tras largas noches de espera en silencio. Esta versión fue editada para el segundo número de la revista "Ónice", en abril de 2008.


No importa cuánto tiempo pase. Esa canción girará siempre en mi cabeza.

Ya debe ser tarde. Tengo que regresar. Tengo que llevar las galletas que me pidió Alicia, mi pioja. Tengo que comprárselas antes de que cierre la bodega. Pero cómo salgo de aquí. Y ahora, ¿quién podrá ayudarme? ¿No podrías ir a comprarlas tú antes de que se me haga aún más tarde, porque no sé cómo salir de aquí? Oye. Hazme caso.

Nadie me dice por qué estoy acá. Es como esa historia que me contaron de aquel hombre al que arrestan, enjuician, consigue un abogado –que no le cree–, es condenado y nunca se entera cuál fue el delito que cometió. Pero eso no pasa en la vida real.

Sabes, creo que entre tantas palabras algo pude entender. Dicen que soy un traidor y un asesino. Yo, la verdad, ni me acuerdo. Para mí que se han confundido. Se deben referir a alguien parecido a mí. Tal vez alguien con un nombre parecido al mío. Cualquiera puede llamarse igual. Hasta tú. Estoy seguro que se refieren a otra persona. Yo no he hecho nada de lo que dicen. Dicen que no hay primero sin segundo. Supongamos que también hay un tercero, un cuarto. Uno de esos debe ser el hombre que están buscando, porque yo no lo soy.

Pero justo, cómo es la coincidencia, tenían que pensar que soy yo. (Empieza a levantar la voz poco a poco). Por qué no el tercero, el cuarto, el décimo o el trigésimo sexto. Por qué justo yo. Por qué. ¿Acaso me merezco esto? ¿Hice algo que no debía? Dime, pues. ¿Qué hice? ¿Qué hice? Nada, ¿verdad? Yo no hice nada. Bueno, pues, si yo no hice nada, entonces díganme ¡por qué puta madre estoy acá! ¡Por qué carajo tenían que ponerme este maldito nombre de mierda! ¡Por qué, papá, tenías que ponerme justo este nombre habiendo tantos! Puta madre, te hubiera aceptado cualquier nombre. Pero cómo es, ¿no? De todos, justo tenías que ponerme este maldito nombre de mierda.

Ah, verdad. No me he presentado. (Se tranquiliza). Mi nombre es Omar Pereda, para servirte. Mi vida no tiene la menor importancia; soy un hombre como cualquier otro. Tengo dos hijas: Alicia, mi pioja, mi hija menor, la que está esperando que le compre sus galletas; y Sandra, la mayor, con esas canciones raras que escucha todo el tiempo. Hay una que para cantando. (Canta). Cuida el cielo, cuida el cielo que no existen dos… Cuida el cielo, cuida el cielo, que no existe Dios… Dios, Dios, Dios. Esa canción girará siempre en mi cabeza. Bueno, si Dios no existe, insiste.

Es más, como ya debe ser tarde, mi pioja debe estar rezando para dormir. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería, amén. Y le iba a enseñar otra oración que encontré en un libro de poemas. (En actitud de oración). Padre nuestro que olvidan los hombres, ven y llora junto a mis desvelos, porque no existe el amor en la Tierra, ni veo al buen ladrón en tu otro costado… Padre nuestro que olvidan los hombres, ven y llora como yo, de pena, porque todos se increpan y castigan, y se escupe la cara al humilde, y se aplaude el crimen del poderoso, y se aleja, cada vez, más tu Reino… Padre nuestro que olvidan los hombres, baja pronto a salvar este mundo, y riega nueva fe sobre la Tierra, para que nos amemos los unos a los otros, y se haga tu voluntad, y todos gocen en la Tierra tu Cielo…

¿Qué hora es? Ya se está haciendo más tarde. Tengo que irme. Por favor, sáquenme de una vez. Sáquenme. (Empieza a alterarse). No estoy jugando. Ya. De una vez. Por favor. Aquí está muy pequeño, no puedo ni moverme. Y hace frío. Y está oscuro. No me gusta la oscuridad. Me hace sentir solo. Y no me gusta la soledad. Sáquenme. Sáquenme ya. Tengo que ir a ver a mi pioja. Debe estar pidiendo sus galletas. Sáquenme ahora. Ya, ya, ya. De una vez, por favor. Ya no es gracioso. Tengo que ir a mi casa. Pero sáquenme de una vez, carajo. Sáquenme, puta madre, que ya es tarde. Y tengo miedo. La pioja me debe estar esperando. Y ya es tarde. Ya es muy tarde.


Nota del autor:
Los fragmentos de canción y poema usados corresponden a Rafo Ráez y César Limo Quiñones, respectivamente.



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domingo, 13 de septiembre de 2009

La luz

La esperanza
está
ante nuestros ojos
y es todo un arte
no verla
para seguir viviendo.





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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Autobiografía de lector

I
Mi primer libro tenía un tiburón en la portada. Mamá se quedó boquiabierta cuando le pedí que me lo comprar en vez del VHS de Dragon Ball. La verdad es que hacía un par de semanas que acababa de ver la película de Spielberg y mi única intención era encontrar imágenes de un tiburón en esa pequeña novela infantil de terror de la serie Escalofríos de R.L. Stine. Aún no tenía diez años y yom era un niño de la generación Nintendo, así que no pidan demasiado. Grande fue mi decepción al no encontrar en su interior ni una sola imagen. Pero ya estaba hecho, el libro estaba en mi cuarto y mamá no iba a aceptar cambiarlo por el VHS de Dragon Ball; así que ya no me quedaba otra opción y me puse a leer.

II
1999. Estaba en quinto de primaria y ya iba camino a convertirme en un devorador de libros. Habían caído en mis manos, por obra y gracia de las amigas de mamá, Fuente Ovejuna, las coplas de Manrique, La vida es sueño, el Cantar del Mío Cid y las Novelas Ejemplares de Cervantes. Me lo soplé todito en dos semanas. Me encantaba leer. Yo era, soy y seré siempre un cero a la izquierda en los deportes, por lo que la lectura era mi única escapatoria a mi mundo de frustración. Ya se sabe que si no eres bueno en el fútbol en el colegio, pasas automáticamente a ser el monse del salón. Y me dediqué a leer, hasta que me di cuenta que las matemáticas se me hacían muy fáciles y que como ingeniero podría ganar más dinero.

III
Me siento largamente complacido de haber hecho una adaptación en diez minutos de Don Juan Tenorio manteniendo la estructura en verso. Con mi cara fea y redonda y mi pelo trinchado, hice de Don Juan. Y aprobé literatura con la más alta nota del salón.

IV
Papá quiso que lo acompañara a Villa El Salvador. Nosotros vivíamos en el Callao: eran más de dos horas de viaje en bus, solo de ida. Al regresar, me faltaban solo un par de páginas para terminar mi primera lectura de Cien años de soledad.

V
El primer poema que escribí tenía en el undécimo verso la palabra “crepúsculo”. Meses después leí los 20 poemas de Neruda y me hizo odiar esa palabra, que me parece la más horrible del castellano. Ese primer poema (bonito pero cebolla, según un comentario anónimo por Internet que nunca llegué a entender) está escondido en u cajón del que ya me olvidé.

VI
A veces, en la madrugada, hay una picazón en manos y ojos que le gana al sueño. Me levanto de la cama y camino hasta mi biblioteca personal. ¿Qué quiero leer hoy? ¿Los cómics de Spider-Man o los Diálogos de Platón?



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domingo, 6 de septiembre de 2009

Viaje en transporte público

Foto: Luis Choy

–¡Baja, conchatumadre! ¿Hasta dónde vas a hacerme pasar?
–Se baja en el paradero.
–Pero acabas de pasártelo.
–Se avisa con anticipación.
–Hace cinco cuadras que te estoy diciendo que bajo en el paradero del grifo.
–Pero no estás en la puerta.
–Si me has arrimado al fondo del carro.
–Si quieres viajar cómodo, chapa un taxi.
–¿Puedo bajar?
–Baja, baja, pie derecho.

(Puse el pie derecho en la vereda con el carro en movimiento y me doblé el tobillo).



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sábado, 5 de septiembre de 2009

Ataúd

Uno se acostumbra a dejar de dormir.
Se acostumbra a la oscuridad de los ronquidos
en las habitaciones vecinas.
Uno se acostumbra a todo en esta vida,
menos a una cosa: a la muerte.
No tu muerte, eso es lo más fácil de aceptar
(después de todo, una vez cerrados los ojos,
ya no hay nada en qué pensar),
sino la muerte de, precisamente,
la gente en las habitaciones vecinas.
Anoche, como ya es obvio, tenía insomnio.
Me levanté de mi cama y di varias vueltas en mi cuarto
sin hacer nada en especial:
no encendí la computadora,
no me acerqué a la ventana,
no agarré ningún libro,
ni siquiera encendí la luz.
En silencio, salí de mi cuarto y revisé el de mis padres.
Mamá veía televisión. Papá estaba durmiendo.
Todo en orden, cambio y fuera.
Regresé a mi habitación y volví a echarme.
Pasaron tres horas en dos segundos y me levanté de nuevo.
Fui otra vez a ver a mis padres.
Mis gritos no inmutaron a mi mamá,
que seguía viendo televisión alguna película
con Richard Gere (era él, estoy seguro):
la cama mi papá había desaparecido y en su lugar
un ataúd alumbrado tenuemente por cuatro velas
(clásica imagen de terror)
lo albergaba en su interior.
En ese momento me di cuenta
que en algún momento de la noche
me había quedado dormido y,
puta madre,
estaba soñando.
Sentí la desesperación en mi cabeza
y me golpeé una y otra y otra vez contra la pared.
Creo que mi mamá nunca se percató de mi presencia.
Corrí desde su cuarto por el pasadizo
gritando y agarrándome con fuerza el rostro
hasta aventarme por la ventana (vivo en un segundo piso)
con la intención más clara que he tenido nunca en mi vida
(ni despierto ni dormido):
estaba completamente seguro que lo único que quería
era estar muerto.
La caída fue rápida.
El golpe no fue tan duro,
aunque el colchón de mi cama ya esté viejo.
Me levanté e intenté encender la luz.
No funcionaba:
había pasado de un sueño a otro.
Me acosté de nuevo e intenté dormir
para que cuando me despierte
(me despierte del todo de una maldita vez)
le diga a papá que él anoche estuvo muerto
y que yo me suicidé.
Y que, por favor, me haga un café con dos de azúcar.



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jueves, 3 de septiembre de 2009

Importancia

¿Importa tanto quién está del otro lado del vidrio retrovisor?

Importa más pensar que ese que está tirado en medio de la pista puedo ser yo o mi mamá o mi papá o mi sobrina...

Pero importa más el que yo siga ahí, sentado, inalterable ante el viento que no sabe soplar por mi cabello. Como si mi vida vaya a ser la misma ahora que sé que esta noche un asiento estará vacío en una casa que pudo haber sido la mía.



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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Prisión

(Mi carrito que se escapa de las calles borrosas)


Los hombres de esta ciudad han olvidado que la dirección del viento es guiada por sus propios pasos. Estos mismos hombres que olvidan que la sonrisa y la música es la mejor forma de hacerle frente a las horas interminables de un día fastidioso.

Caminar es siempre el privilegio de los reyes. Caminar tranquilos, pacíficamente, sin preocuparse de llegar tarde a casa (antes que empiece la novela), al trabajo (antes que te descuenten el sueldo) o a la universidad (antes que el profe te cierre la puerta). Caminar feliz (¿tan difícil es practicar esa palabra?) entre los cláxones de los micros (¿cuándo dejarán de hacerlo? ¿no se supone que ya está prohibido?) y los golpes de las personas cortando el viento en los paraderos.

Hombres que olvidan lo sencillo de dar un paso y se pasan (ironía del lenguaje) el tiempo sentados en los micros, mirando por las ventanas a las personas que corren a ninguna parte, atrapados en el tráfico de la Arequipa a las siete de la noche sin escapatoria a un sueño digno ni a 28 de julio.



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Lima es el desierto

Lima es el desierto. Nosotros, hombres de poca fe y gran esperanza, habitamos en él. Nosotros luchamos en él, nos aprovechamos de él. Crecimos para él, vivimos para él. Lima nos entrega como dulces hombrecitos a la boca del niño que se escapa del almuerzo.

¿Moriremos? Para nada.

Solo es cuestión de aprender a sacarle la vuelta a la mala suerte (y darse cuenta que mala lo que se dice mala, no es). Es cuestión de sonreír, de “tomarlo por el lado amable”. Hoy he decidido aventarme a la vida -y sin paracaídas-. Todo es cuestión de no darse por vencido antes de empezar la batalla. De aprender a nadar en el desierto.



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