miércoles, 16 de septiembre de 2009

Archivo: testimonio perdido

He quedado tercero en los Juegos Florales Universitarios de la Universidad Ricardo Palma con este cuento. La primera versión es de 2005 y era parte de "Memorial", aquel desafío que mi amigo Miguel Flores-Montúfar llevó a cabo en el auditorio de nuestro colegio y que fue mi debut como guionista y actor tras largas noches de espera en silencio. Esta versión fue editada para el segundo número de la revista "Ónice", en abril de 2008.


No importa cuánto tiempo pase. Esa canción girará siempre en mi cabeza.

Ya debe ser tarde. Tengo que regresar. Tengo que llevar las galletas que me pidió Alicia, mi pioja. Tengo que comprárselas antes de que cierre la bodega. Pero cómo salgo de aquí. Y ahora, ¿quién podrá ayudarme? ¿No podrías ir a comprarlas tú antes de que se me haga aún más tarde, porque no sé cómo salir de aquí? Oye. Hazme caso.

Nadie me dice por qué estoy acá. Es como esa historia que me contaron de aquel hombre al que arrestan, enjuician, consigue un abogado –que no le cree–, es condenado y nunca se entera cuál fue el delito que cometió. Pero eso no pasa en la vida real.

Sabes, creo que entre tantas palabras algo pude entender. Dicen que soy un traidor y un asesino. Yo, la verdad, ni me acuerdo. Para mí que se han confundido. Se deben referir a alguien parecido a mí. Tal vez alguien con un nombre parecido al mío. Cualquiera puede llamarse igual. Hasta tú. Estoy seguro que se refieren a otra persona. Yo no he hecho nada de lo que dicen. Dicen que no hay primero sin segundo. Supongamos que también hay un tercero, un cuarto. Uno de esos debe ser el hombre que están buscando, porque yo no lo soy.

Pero justo, cómo es la coincidencia, tenían que pensar que soy yo. (Empieza a levantar la voz poco a poco). Por qué no el tercero, el cuarto, el décimo o el trigésimo sexto. Por qué justo yo. Por qué. ¿Acaso me merezco esto? ¿Hice algo que no debía? Dime, pues. ¿Qué hice? ¿Qué hice? Nada, ¿verdad? Yo no hice nada. Bueno, pues, si yo no hice nada, entonces díganme ¡por qué puta madre estoy acá! ¡Por qué carajo tenían que ponerme este maldito nombre de mierda! ¡Por qué, papá, tenías que ponerme justo este nombre habiendo tantos! Puta madre, te hubiera aceptado cualquier nombre. Pero cómo es, ¿no? De todos, justo tenías que ponerme este maldito nombre de mierda.

Ah, verdad. No me he presentado. (Se tranquiliza). Mi nombre es Omar Pereda, para servirte. Mi vida no tiene la menor importancia; soy un hombre como cualquier otro. Tengo dos hijas: Alicia, mi pioja, mi hija menor, la que está esperando que le compre sus galletas; y Sandra, la mayor, con esas canciones raras que escucha todo el tiempo. Hay una que para cantando. (Canta). Cuida el cielo, cuida el cielo que no existen dos… Cuida el cielo, cuida el cielo, que no existe Dios… Dios, Dios, Dios. Esa canción girará siempre en mi cabeza. Bueno, si Dios no existe, insiste.

Es más, como ya debe ser tarde, mi pioja debe estar rezando para dormir. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería, amén. Y le iba a enseñar otra oración que encontré en un libro de poemas. (En actitud de oración). Padre nuestro que olvidan los hombres, ven y llora junto a mis desvelos, porque no existe el amor en la Tierra, ni veo al buen ladrón en tu otro costado… Padre nuestro que olvidan los hombres, ven y llora como yo, de pena, porque todos se increpan y castigan, y se escupe la cara al humilde, y se aplaude el crimen del poderoso, y se aleja, cada vez, más tu Reino… Padre nuestro que olvidan los hombres, baja pronto a salvar este mundo, y riega nueva fe sobre la Tierra, para que nos amemos los unos a los otros, y se haga tu voluntad, y todos gocen en la Tierra tu Cielo…

¿Qué hora es? Ya se está haciendo más tarde. Tengo que irme. Por favor, sáquenme de una vez. Sáquenme. (Empieza a alterarse). No estoy jugando. Ya. De una vez. Por favor. Aquí está muy pequeño, no puedo ni moverme. Y hace frío. Y está oscuro. No me gusta la oscuridad. Me hace sentir solo. Y no me gusta la soledad. Sáquenme. Sáquenme ya. Tengo que ir a ver a mi pioja. Debe estar pidiendo sus galletas. Sáquenme ahora. Ya, ya, ya. De una vez, por favor. Ya no es gracioso. Tengo que ir a mi casa. Pero sáquenme de una vez, carajo. Sáquenme, puta madre, que ya es tarde. Y tengo miedo. La pioja me debe estar esperando. Y ya es tarde. Ya es muy tarde.


Nota del autor:
Los fragmentos de canción y poema usados corresponden a Rafo Ráez y César Limo Quiñones, respectivamente.



Tags:

2 comentarios:

  1. Sueño-pesadilla, quizá después de ver Tarata?...Por eso mamá me aconseja siempre que si tengo sueño procure no quedarme jato en el cine.

    ResponderSuprimir
  2. ¿Ya has visto Tarata? Recién voy a it a verla. ¿Qué tal es?

    ResponderSuprimir