Uno se acostumbra a dejar de dormir.
Se acostumbra a la oscuridad de los ronquidos
en las habitaciones vecinas.
Uno se acostumbra a todo en esta vida,
menos a una cosa: a la muerte.
No tu muerte, eso es lo más fácil de aceptar
(después de todo, una vez cerrados los ojos,
ya no hay nada en qué pensar),
sino la muerte de, precisamente,
la gente en las habitaciones vecinas.
Anoche, como ya es obvio, tenía insomnio.
Me levanté de mi cama y di varias vueltas en mi cuarto
sin hacer nada en especial:
no encendí la computadora,
no me acerqué a la ventana,
no agarré ningún libro,
ni siquiera encendí la luz.
En silencio, salí de mi cuarto y revisé el de mis padres.
Mamá veía televisión. Papá estaba durmiendo.
Todo en orden, cambio y fuera.
Regresé a mi habitación y volví a echarme.
Pasaron tres horas en dos segundos y me levanté de nuevo.
Fui otra vez a ver a mis padres.
Mis gritos no inmutaron a mi mamá,
que seguía viendo televisión alguna película
con Richard Gere (era él, estoy seguro):
la cama mi papá había desaparecido y en su lugar
un ataúd alumbrado tenuemente por cuatro velas
(clásica imagen de terror)
lo albergaba en su interior.
En ese momento me di cuenta
que en algún momento de la noche
me había quedado dormido y,
puta madre,
estaba soñando.
Sentí la desesperación en mi cabeza
y me golpeé una y otra y otra vez contra la pared.
Creo que mi mamá nunca se percató de mi presencia.
Corrí desde su cuarto por el pasadizo
gritando y agarrándome con fuerza el rostro
hasta aventarme por la ventana (vivo en un segundo piso)
con la intención más clara que he tenido nunca en mi vida
(ni despierto ni dormido):
estaba completamente seguro que lo único que quería
era estar muerto.
La caída fue rápida.
El golpe no fue tan duro,
aunque el colchón de mi cama ya esté viejo.
Me levanté e intenté encender la luz.
No funcionaba:
había pasado de un sueño a otro.
Me acosté de nuevo e intenté dormir
para que cuando me despierte
(me despierte del todo de una maldita vez)
le diga a papá que él anoche estuvo muerto
y que yo me suicidé.
Y que, por favor, me haga un café con dos de azúcar.
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Juan Pablo Bustamanate pesadillas insomnio En el desierto
Adiós
Hace 15 años





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