jueves, 17 de septiembre de 2009

Coche bomba

Anoche me bajé del micro en la cuarenta de la Arequipa
y caminaba tranquilo, bien happy de la vida, rumbo a mi casa.
(Ahora que recuerdo bien, tenía preocupación en el pecho
a la altura del brazo izquierdo).
De repente, cruzando Petit Thouars,
desde una calle que desconocía,
sentí el calor intenso del dolor inevitable:
un carro ardía en llamas
y los brazos de un pobre niño
(pobre,
tenía una bolsa con chocolates
y cicatrices en las manos)
giraban ante mis ojos.
Las luces de las ambulancias empezaron a correr
una tras otra por la Vía Expresa.
Yo, cobarde, corría desesperadamente para llegar a mi casa
cuando de pronto, a media cuadra de otra calle desconocida,
¡bum!, otra explosión
y un hombre con camisa blanca se partía a la mitad,
otra vez ante mis ojos.
Con mucho más miedo, desvié mi camino,
creyendo que así me alejaría de aquel peligro.
Llegué finalmente a la Vía Expresa
para darme cuenta de dos cosas
en las que no había pensado:
la primera era que, al desviarme del camino,
no tenía ningún puente a la mano
para poder llegar al otro lado del río;
la segunda era que, volteara por donde volteara,
interminables carros ardían
como si al infierno se le hubiera ocurrido subir
a ver qué se trae de nuevo el mundo.
Camino cautelosamente,
y desconfiando de todos los carros estacionados,
las cuadras que me faltan para llegar al puente
que me lleva de frente a mi casa.
Lo consigo. Lo cruzo. Llego a mi puerta. Entro.
Encuentro a mi papá, tranquilo,
como si con él no fuera la cosa o la ciudad.
Después de todo, a él nunca le gustó Lima.
Cuando, oh sorpresa, me suelta la peor de las noticias:
mi mamá ha salido, ¿algún recado?
Mi papá se va acostar.
Yo voy a mi cuarto,
que se ha convertido en el centro de operaciones
de no sé qué movimiento al que no sé cómo pertenezco.
Las computadoras rastrean: el enemigo está cerca.
Obvio, microbio: la Vía Expresa, la Arequipa, Angamos,
toda la maldita ciudad está ardiendo
por culpa de esa invasión de coches bomba.
Y yo, angustiado frente a una computadora
que ni los monstruos de IDAT podrían imaginarse,
solo espero que mi enamorada esté segura en su casa
(por una extraña razón, no puedo comunicarme con ella)
y que mi mamá entre en cualquier momento
por la puerta de la casa
y me diga lo que hace rato que ya sé,
que todo esto es un maldito sueño,
que no hay nada de malo en soñar con coches bomba
pero que igual, por si acaso,
le cuentas a alguien de confianza mañana,
a ver qué te dice, y que ya me vaya a dormir
que ya es muy tarde para andar despierto a mi edad.



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